Cuando alguien se asoma por primera vez a la magia de espíritus, casi siempre llega con la misma duda rondándole: ¿con qué estoy hablando exactamente? Y llega también con dos dibujos ya hechos en la cabeza. Una idea más o menos clara de lo que es un ángel y una idea bastante más cargada de lo que es un demonio. El ángel tiene alas blancas y buenas intenciones. El demonio tiene cuernos y ganas de hacer daño. Y en medio de esos dos dibujos de catecismo está la Goetia, esa lista de setenta y dos «demonios» que todo el mundo ha visto circular por internet, con sus sellos y sus nombres impronunciables.
Este artículo va de desmontar casi todo eso. No porque me guste llevar la contraria, sino porque cuando trabajas con estas fuerzas durante años y encima te molestas en leer de dónde vienen, descubres que la historia que nos han contado tiene más de campaña de márketing que de realidad.
Vamos por partes, que hay tela.
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¿Qué es la Goetia?
La Goetia es, antes que nada, un catálogo. Una lista. Concretamente la Ars Goetia, la primera parte de un grimorio del siglo XVII llamado Lemegeton o Clave Menor de Salomón. Ahí aparecen setenta y dos espíritus con sus nombres, sus rangos (reyes, duques, príncipes, marqueses, condes, presidentes), sus sellos y una breve descripción de lo que cada uno hace o enseña.
Primera cosa importante: setenta y dos no es un número mágico que alguien recibiera en una visión. Es un número de conveniencia. Encaja con el Shem haMephorash, el llamado «nombre de setenta y dos letras» que la cábala extrae de tres versículos del Éxodo, y del que se derivan setenta y dos ángeles. Alguien, en algún momento, decidió que si había setenta y dos ángeles, tocaba tener setenta y dos espíritus del otro lado para que la cosa cuadrara. Simetría de contable.
O sea que la Goetia no es el censo completo de nada. Es un recorte tardío de una tradición mucho más antigua y mucho más amplia, ajustado a una cifra para que quedara bonito. Los espíritus que contiene existían, con otros nombres y en otros contextos, mucho antes de que nadie los metiera en esa lista. Y hay miles más que no entraron en el recorte.
Segunda cosa: a estos setenta y dos se les llama «demonios». Y ahí empieza el malentendido.
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¿Qué es un demonio?
La palabra «demonio» viene del griego daimon. Y un daimon, en origen, no era nada malo. Al contrario.
Sócrates tenía un daimonion. Lo cuenta Platón. Era una especie de voz interior que lo acompañaba desde niño y que se dedicaba a avisarle cuando iba a meter la pata. No un diablillo tentador: un espíritu guía, una inteligencia con carácter propio que operaba en otro plano y hacía contacto con el nuestro. La raíz de la palabra tiene que ver con «repartir, distribuir»: el daimon era el que repartía los destinos, el que te tocaba en suerte. Una deidad menor, un poder divino. Nada que ver con cuernos ni azufre.
Entonces, ¿cómo pasamos de «espíritu guía con buenas maneras» a «esbirro de Satán que quiere tu alma»? Pues no fue por accidente. Fue por traducción. Y por decisión.
Cuando los traductores judíos de Alejandría pasaron las escrituras hebreas al griego (la Septuaginta, siglo III antes de Cristo), se encontraron con palabras que designaban a los dioses de los pueblos vecinos. Y las tradujeron como daimonia. En un salmo donde el hebreo original dice elilim (ídolos inútiles, una pulla contra las deidades ajenas), el griego pone daimonia. A partir de ahí, cada vez que aparecía un dios que no era el dios correcto, la palabra elegida para nombrarlo cargaba ya con todo el peso de lo peligroso y lo impuro. Pablo remató la jugada en la práctica: adorar a cualquier dios que no sea el nuestro equivale a adorar a un demonio. Y unos siglos después, los teólogos cristianos cerraron el círculo declarando que los daimones eran malignos sin excepción.
En menos de quinientos años, una palabra que significaba «espíritu divino con personalidad propia» pasó a significar «el mal». No porque las entidades cambiaran. Porque cambió quién tenía el poder de ponerles nombre.
Y aquí conviene parar un momento, porque «demonio» se usa hoy para meter en el mismo saco cosas que no tienen nada que ver entre sí. Cuando alguien dice «demonio» puede estar hablando de al menos tres cosas distintas:
Uno: un espíritu o deidad de función destructora. Esto es lo que en magia seria se llama demonio sin que la palabra implique maldad. Son fuerzas que destruyen, sí, pero destruir no es ser malo. El fuego destruye. Una tormenta destruye. Una riada destruye. Y no por eso decimos que el fuego es malvado. Son fuerzas que mueven energía, que traen compensación, que sostienen ciclos de creación y destrucción a una escala que a la categoría humana de «daño» ni le va ni le viene. Operan bajo sus propias reglas, no bajo las nuestras.
Dos: un parásito. Esto es otra cosa completamente distinta, y es lo que de verdad sale en las películas de exorcismos. Entidades que buscan una vasija vacía o un sistema debilitado, se cuelan, se alimentan de energía (miedo, dolor, placer, obsesión) y se disfrazan de lo que tú esperes ver. Si esperas un ángel, se te aparece un ángel. Si esperas un alien, un alien. Estos sí «poseen», estos sí hacen daño directo, y no tienen absolutamente nada que ver con los dioses antiguos del catálogo goético. Un parásito no es una deidad caída. Es un bicho con hambre.
Tres: un egregor degradado. La mente de grupo de una religión, una logia o un sistema que se ha parasitado y empieza a mover a sus miembros como fichas. Pero eso es tema para otro día.
Lo importante: cuando hablamos de los espíritus de la Goetia, hablamos sobre todo del primer tipo. Fuerzas con carácter, con función, muchas de ellas deidades antiguas con un pasado ilustre. No del segundo ni del tercero. Meter los tres en la misma bolsa y llamarlos a todos «demonios malvados» es como llamar «animal peligroso» por igual a un oso, a una garrapata y a una multitud enfurecida. Técnicamente los tres pueden hacerte daño. Pero confundirlos es de no haber entendido nada.
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El cuento del ángel caído
Ya que estamos, hay que cargarse una de las ideas más resistentes de todas: la del demonio como ángel caído. El relato lo conoce todo el mundo. Lucifer era el mejor de los ángeles, se le subió el ego, se rebeló contra Dios, perdió la guerra celestial y cayó convertido en diablo, arrastrando consigo a un tercio de las huestes. Dramático, redondo, perfecto para una superproducción.
El problema es que no se sostiene casi por ningún lado.
Para empezar, Lucifer no aparece en la Biblia. O más exactamente: la palabra aparece, pero no nombra a quien todo el mundo cree. En el hebreo de Isaías 14:12 se lee Helel ben Shachar, «el astro brillante, hijo de la aurora». Es una metáfora del planeta Venus como estrella del alba, dentro de un canto de burla contra un rey de Babilonia. Política, no cosmología. Cuando Jerónimo tradujo la Biblia al latín en el siglo IV, convirtió helel en lucifer, que en latín era simplemente el nombre del lucero del alba, la misma palabra que en la liturgia pascual se usa para referirse a Cristo. Lo que convirtió a ese versículo político en la biografía del príncipe del infierno fue una cadena de reinterpretaciones posteriores que le colgaron encima un relato de caída celestial que el texto original ni menciona.
Y la idea misma de que un ángel que desobedece se transforma automáticamente en mal viene principalmente del Libro de Enoc, un texto que el propio judaísmo acabó dejando fuera del canon porque no cuadraba con lo que defendía. No es Biblia. Es literatura que unos usaron y otros descartaron.
Hay un detalle que la narrativa de la guerra eterna pasa olímpicamente por alto: en los textos antiguos, ángeles y demonios no se pelean entre sí. En el Libro de Daniel, un ángel lleva veintiún días peleando contra el «príncipe de Persia» y necesita refuerzos. No hay ningún demonio en esa escena. Hay seres divinos asignados a naciones distintas con intereses enfrentados sobre el mismo territorio. Geopolítica celestial. Y el propio «Satán» del Antiguo Testamento no es el líder de un bando rival: en el Libro de Job aparece sentado en el consejo divino, junto a los demás hijos de Dios. Es el fiscal, el acusador. Un cargo dentro del sistema, no un enemigo fuera de él.
¿Y la imagen del arcángel Miguel pisando al demonio derrotado, espada en alto? No es antigua. Es barroca. Nació en los siglos XVI y XVII para representar una cosa muy concreta: el triunfo del catolicismo militante sobre la herejía. Propaganda de la Contrarreforma que quedó instalada como si fuera verdad de toda la vida.
Lo que describe el cuento del ángel caído no es un acontecimiento cósmico. Es un mecanismo de control muy sencillo: quien se sale del sistema, por definición, se convierte en el mal. No cayeron. Fueron reclasificados.
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Entonces, ¿dónde está la oscuridad?
Aquí llegamos a una de las tonterías más repetidas del ocultismo moderno: la idea de que estos espíritus pertenecen al «lado oscuro», al «sendero de la mano izquierda», a lo infernal entendido como tenebroso y siniestro. Y la lógica detrás es de una pereza intelectual asombrosa: como son lo opuesto a lo angélico, y lo angélico es luz, pues esto tiene que ser oscuridad. Silogismo de guardería.
Pero resulta que la cosa no funciona así. La distinción que describen las tradiciones que trabajan con honestidad no es luz contra oscuridad ni bien contra mal. Tiene más que ver con el dominio en el que cada fuerza opera. Los ángeles son una fuerza que opera fuera de la esfera terrestre: cósmica, fría, ejecutora, ajena a lo humano. El resto de espíritus están mucho más ligados a la Tierra y al inframundo, al mundo de abajo. No es una jerarquía moral, es una cuestión de dónde actúa cada cual. Cada fuerza regula una parte distinta de la creación, cada una en su terreno, con su función y su naturaleza. Hay quien lo ordena con el viejo lenguaje de lo que está por encima y por debajo de la Luna, y no es mala forma de visualizarlo, pero el mapa importa menos que la idea de fondo: no es bueno contra malo, es cada fuerza en su altura.
Y hay una ironía estupenda en todo esto. A los que trabajan con ángeles de verdad, en serio, lo que se encuentran son entidades heladas. Sin preferencias personales, sin calidez humana, ejecutoras de fuerzas concretas. Cumplen tareas. Punto. Los «demonios», en cambio, son paradójicamente los que más se nos parecen: tienen personalidad, tienen preferencias, tienen pragmatismo, se puede construir con ellos una relación que incluye tanto cooperación como tensión. Son más geológicos que morales, como el fuego o la tormenta: devastadores si no entiendes su naturaleza, extraordinariamente útiles si trabajas con ella.
Así que lo de «infernal igual a oscuro igual a malo» es una cadena de prejuicios heredados, no una descripción de nada real. La maldad es un concepto nuestro, una lente humana muy útil para navegar la vida cotidiana y completamente inútil para describir lo que hay al otro lado. Lo que desde aquí parece oposición, desde más arriba es complemento.
Y ya que hablamos de quién es el malo de la película: resulta que buena parte de los ritos «de los buenos», los de las religiones respetables, los luminosos, son pura coacción. Órdenes, amenazas, conjuros para obligar al espíritu a obedecer bajo pena de castigo divino. Si lees las fórmulas de exorcismo y de conjuración clásicas, están llenas de «te ordeno», «te constriño», «por el poder de tal te obligo a». Es decir: pintaron a los demonios como seres coercitivos y controladores mientras redactaban los manuales de coerción y control más exhaustivos de la historia. El que acusa suele ser el que mejor conoce el delito.
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Las jerarquías, o el arte de ordenar lo que no se deja ordenar
Uno esperaría que, al menos, la estructura de todo esto fuera sólida. Que hubiera un organigrama claro del inframundo con sus reyes, sus duques y sus cadenas de mando bien establecidas. Pues no.
Quien ha estudiado los grimorios en serio sabe que las jerarquías llegan hasta nosotros de una forma asombrosamente fluida y arbitraria. Hay, eso sí, un esqueleto que se repite: tres jefes supremos en la cúspide (según la versión, Lucifer, Belcebú y Satán, o bien Lucifer, Belcebú y Astaroth), y debajo cuatro Reyes asociados a los cuatro puntos cardinales y a los cuatro vientos. Ese esquema no se lo inventó ningún grimorista medieval: es una herencia de la Antigüedad tardía, de ideas egipcias y sirias sobre las estaciones del Sol y los vientos. Lo demás, nombres, rangos y adscripciones, baila de un texto a otro que da gusto.
Y cuando bajas al detalle, la cosa roza lo cómico. En algunos manuscritos, entre los grandes espíritus y la tropa, aparecen capas enteras de «mensajeros» cuya única función documentada parece ser hablar con otros mensajeros. Burócratas del averno pasándose recados. Multiplicación infernal de cargos intermedios que seguramente añadió algún copista con exceso de celo, igual que una empresa va inventando vicepresidencias adjuntas a la subdirección del departamento de coordinación. Si el infierno está tan jerarquizado como nos lo pintan, al menos tuvo el detalle de parecerse a una administración pública.
La conclusión seria detrás del chiste es importante: el orden «oficial» de los demonios no es una verdad revelada. Es un invento tardío, variable y bastante arbitrario, superpuesto sobre una tradición mucho más antigua donde lo que importaba eran las fuerzas, no los organigramas.
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De dónde vienen de verdad estos espíritus
Hasta aquí todo ha sido demolición. Pero debajo del escombro hay algo, y es bastante más bonito que lo que había encima. Si quitas las capas de propaganda, de malas traducciones y de miedo administrado, lo que queda es esto: muchos de estos «demonios» eran dioses. Deidades a las que pueblos enteros rezaron, hicieron ofrendas y pidieron ayuda durante siglos.
El caso más claro y mejor documentado es Astaroth. Astaroth es Astarté. La gran diosa semítica del amor y la guerra, venerada por todo el Levante, la misma que en otros lugares y lenguas fue Ishtar, Inanna, Asherah, y a la que los griegos acabaron asimilando con Afrodita. Una deidad mayor, de primer orden. Su nombre fue deformado: la forma hebrea Ashtoreth se lee, según la interpretación más aceptada por los estudiosos, insertando en el nombre original las vocales de boshet, «vergüenza», de modo que quien lo pronunciaba estaba nombrando literalmente la deshonra. Le cambiaron las vocales, le cambiaron el género (de diosa a demonio masculino) y la mandaron a la lista de duques del infierno. (Conviene ser honesto: no todos los autores aceptan la conexión; algún ocultista moderno sostiene que el demonio Astaroth y la diosa no tienen nada que ver. Pero el peso de la erudición está del lado de la identificación.)
Bael es otro caso. El Bael de los grimorios se identifica razonablemente con Baal, el gran dios de la tormenta cananeo y fenicio, protagonista de los ciclos mitológicos de Ugarit. No un ser tenebroso: una deidad heroica de primera división que perdió la guerra cultural y terminó convertida en una entrada de catálogo. (Aquí toca ser algo más prudente que con Astaroth: la identificación es ampliamente aceptada y muy razonable, pero descansa más en la lógica y el parecido del nombre que en una cadena documental cerrada.)
Y hay un tercer caso que me gusta especialmente, porque la jugada no la hizo esta vez un traductor antiguo, sino Hollywood. Pazuzu. Quien haya visto El Exorcista lo conoce como el ser que posee a la niña, la encarnación del horror absoluto. Pues bien: Pazuzu era, en la Mesopotamia asiria y babilónica, un espíritu del viento con una función exactamente contraria. Era un protector. Se colgaban amuletos con su cabeza en las casas y en los cuellos de las mujeres embarazadas para alejar a Lamashtu, la entidad que amenazaba a los recién nacidos. Se invocaba para defender, no para atacar. William Friedkin eligió su imagen para una película de 1973 y, desde entonces, para millones de personas Pazuzu es el demonio por antonomasia. El mismo mecanismo que convirtió a Astarté en un duque del infierno, ejecutado otra vez, pero ahora con una cámara y una banda sonora en lugar de unas vocales cambiadas.
Y luego está toda la línea que conecta los espíritus goéticos con los daimones ctónicos del mundo grecorromano: las inteligencias del inframundo, las entidades de la nigromancia clásica, las fuerzas con las que trabajaban los papiros mágicos griegos. La goetia, antes de ser una lista de demonios en un grimorio del XVII, fue una tradición continua de trato con los espíritus del inframundo que se remonta a Grecia y más atrás. El catálogo es la foto final de algo que llevaba rodándose mucho antes de que nadie pensara en hacer la foto.
Un aviso antes de seguir, porque con esto hay que tener cuidado. Que un espíritu goético tenga detrás a una deidad antigua no significa que exista una tabla de equivalencias limpia y uno-a-uno para los setenta y dos. No la hay. Algunas identificaciones son sólidas y están contrastadas (Astaroth, Bael). Otras son razonables. Y muchas de las que circulan por foros son puro voluntarismo: alguien que leyó dos cosas y decidió que tal goético «es» tal dios egipcio porque le sonaba parecido. No todo gran espíritu antiguo tiene un heredero directo en el catálogo, y forzar las correspondencias que no existen es exactamente el tipo de pájara mental que este artículo intenta desmontar. Mejor tres equivalencias firmes que treinta inventadas.
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El mismo truco, en las dos orillas del Atlántico
Llegados aquí, toca hablar de una pregunta que me llega a menudo: ¿y las tradiciones afroamericanas? ¿No están los espíritus goéticos presentes en el vudú, la santería, el Hoodoo? Circula mucho esa idea, y tiene su lógica: si estos espíritus aparecen en medio planeta bajo nombres distintos, por qué no iban a estar también ahí.
Pues sigamos ese hilo a ver dónde lleva. Porque lleva a un sitio, pero no al que uno esperaría.
El Hoodoo, para empezar, ni siquiera es una religión: es un sistema de magia práctica afroamericana, nacido de la mezcla de tradiciones africanas, protestantismo y Biblia bajo las condiciones de la esclavitud y el Jim Crow. Y en el Hoodoo los demonios no son aliados, son enemigos. Los espíritus con los que se trabaja son ancestros, ángeles, santos, el Espíritu Santo. La Goetia, con su círculo y sus conjuraciones de espíritus infernales, simplemente no entró ahí. Se tomaron prestados sellos, salmos y nombres divinos de algunos grimorios, pero el catálogo goético se quedó fuera.
La santería (de raíz yoruba) y el vudú haitiano (de raíz fon) sí son religiones, con sus propios panteones completos: los orishas, los lwa. No son catálogos de demonios europeos reetiquetados. Son sistemas enteros, autónomos, con su cosmología y sus deidades propias. Buscar ahí a los setenta y dos de la Goetia es como buscar jugadores de la liga española en un equipo de béisbol japonés: te puedes encontrar paralelismos en el juego, pero no son la misma plantilla.
Y sin embargo hay una conexión real, y es mucho más interesante que una lista de nombres compartidos. Porque cuando los esclavos yoruba llegaron a América y la Iglesia les prohibió a sus dioses, ellos los escondieron detrás de santos católicos para poder seguir rindiéndoles culto. Y a uno de esos dioses, a Exu, el orisha de la encrucijada, mensajero, tramposo, dueño de los caminos, lo sincretizaron directamente con Satán. Con el diablo.
No fue un malentendido de pueblo. Fue trabajo de misionero: el primer vocabulario yoruba de un misionero cristiano, a mediados del siglo XIX, ya traduce a Exu como «el diablo». Con nombre y con fecha. Y la pregunta es la misma de siempre: ¿por qué Exu acabó convertido en el diablo? No porque fuera maligno. Sino porque era un espíritu de la encrucijada, poderoso, con agenda propia, que no cabía en el sistema cristiano. Exactamente la misma razón por la que Astarté se convirtió en Astaroth y Baal en Bael. Un dios de otro pueblo, reclasificado como demonio por el delito de pertenecer a otro sistema.
Ahí está la conexión de verdad. No es que los goéticos «estén» en la santería. Es que el mismo mecanismo de demonización que recicló a los dioses del Mediterráneo antiguo volvió a ponerse en marcha, siglos después, con los dioses de África. A un lado del Atlántico convirtieron a una diosa del amor en un duque del infierno. Al otro, a un dios de los caminos en el diablo. Y en los dos casos el pecado de la deidad fue el mismo: existir fuera del único sistema permitido.
Hay algo más, y aquí ya piso terreno donde no puedo afirmar, solo preguntar. Ese mismo Exu es la misma fuerza bajo tres nombres a lo ancho del Atlántico: Exu en el Candomblé brasileño, Eleggua en la santería cubana, Legba en el vudú haitiano. Mismo origen africano, un solo espíritu que viajó y echó raíces con nombres distintos según dónde tocara tierra. Eso está documentado. Lo que ya no está documentado, y por eso lo dejo como pregunta y no como respuesta, es si esa fuerza de la encrucijada, de resultados rápidos, ligada a los caminos y al trato con los muertos, es además la misma que aparece en otros panteones aún más lejanos bajo otras caras. Es tentador pensarlo. El patrón invita. Pero una cosa es un hilo histórico que se puede seguir y otra es una corazonada, y no pienso venderte la segunda como si fuera la primera. Lo dejo donde está: como una posibilidad abierta que quien trabaje con estas fuerzas quizá reconozca, y que nadie, yo incluido, puede demostrar sobre el papel.
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En resumen
Los seres que hay son los que siempre hubo. Estaban antes del salmo mal traducido, antes del teólogo que cerró el argumento, antes de los catálogos de setenta y dos y de las listas de ángeles custodios, antes del cine de terror. Lo que cambió no fue su naturaleza. Lo que cambió fue quién tenía el poder de ponerles nombre, y qué ganaba con ello.
La Goetia es un recorte tardío de una tradición milenaria. A sus espíritus los llamaron demonios porque la palabra, que antes significaba «poder divino», había sido secuestrada y teñida de azufre. Muchos de ellos fueron dioses. La división entre lo luminoso y lo oscuro no describe la realidad: describe quién quería controlar el acceso a ella. Y el mecanismo que demonizó a Astarté es el mismo que, siglos después, demonizó a Exu.
Así que puede que trabajes con la Goetia sin saberlo. O puede que, cuando crees estar tratando con un demonio, tengas delante a un dios muy antiguo que tuvo la mala suerte de caer en el bando perdedor de una guerra que no era la suya. La vela la enciendes tú. Con quién la enciendes es otra conversación.
Este artículo se basa en mi investigación de muchos años, contrastada con fuentes fiables: autores serios de la tradición mágica contemporánea, trabajo académico sobre historia de las religiones y lingüística, y los manuscritos y grimorios de la propia tradición. No he querido llenar el texto de citas y notas al pie para no hacerlo denso, pero cada afirmación histórica de las que aquí aparecen está documentada y contrastada. Lo que no se sostiene con fuentes, no lo he puesto. Y lo que es interpretación mía, espero que se note que lo es.
Gaby López Andueza