Dos caminos, un territorio

Plantas maestras, tradición espiritual y lo que ninguno de los dos acaba de ver

Gaby López Andueza

4/1/202612 min read

Dos caminos, un territorio

Plantas maestras, tradición espiritual y lo que ninguno de los dos acaba de ver

Por Gaby López Andueza

Sección 1 — Una brecha innecesaria

En el terreno de la espiritualidad hay muchas vertientes, muchas formas de entender el trabajo interior, y en general conviven con más o menos tensión. Pero hay una confrontación que aparece una y otra vez, y que tiene la particularidad de generar más calor que luz: la que enfrenta a quienes trabajan desde la tradición, sin sustancias, con quienes trabajan con plantas maestras o enteógenos.

Y lo curioso es que en muchos casos están hablando del mismo territorio.

De un lado, quienes consideran que alterar la percepción con cualquier sustancia es un atajo ilegítimo, incompatible con el trabajo espiritual serio. Del otro, quienes han experimentado estados con plantas y están convencidos de que lo que encontraron allí no puede alcanzarse de ningún otro modo. Cada uno desde su certeza. Cada uno hablando con autoridad sobre territorios que, en muchos casos, solo conoce a medias.

Hay fanáticos en los dos bandos. Y en los dos bandos hay también gente honesta que simplemente encontró su camino y defiende lo que le funciona. El problema no es la convicción. El problema es cuando la convicción cierra los ojos.

Este artículo no viene a dar la razón a ninguno. Viene a mirar lo que cada camino sabe, lo que cada uno no ve, y lo que los dos están pasando por alto.

Sección 2 — Lo que cada camino sabe y el otro no ve

Hay algo que el camino sin sustancias sabe y que el trabajo con plantas no puede darte solo: la capacidad de sostenerte en el territorio cuando la puerta se abre. Años de meditación, de práctica ceremonial, de trabajo energético serio, construyen algo que no se ve pero que está ahí. Una estructura interior. No inmunidad, no superioridad, sino capacidad de estar presente cuando el suelo desaparece bajo los pies. Eso no lo da ninguna planta. Lo da el trabajo.

Y hay algo que el trabajo con plantas abre que el camino sin sustancias tarda décadas en rozar, si llega. No es un atajo en el sentido de que sea más fácil. Es otro tipo de acceso.

Roland Griffiths, uno de los investigadores más serios del campo psicodélico, lo dijo con una precisión que rara vez se cita entera: la meditación es el camino probado para entender la mente humana, y la psilocibina es el curso acelerado. La pregunta que nadie se hace después de leer eso es la que importa de verdad: ¿qué pasa cuando haces el curso acelerado sin haber pisado nunca el camino largo?

Stanislav Grof pasó décadas con LSD en contexto terapéutico. Cuando lo prohibieron, descubrió que los mismos estados se podían alcanzar con técnicas de respiración. Sin quererlo demostrar, terminó demostrando que la puerta puede abrirse de más de una manera. Eso no le quita valor al trabajo con plantas. Le quita el monopolio de la experiencia. Y eso es muy distinto.

Lo que cada camino no ve del otro suele ser exactamente lo que le falta. El purista no ve que su rechazo a las sustancias es, en muchos casos, más cultural que espiritual. Que las tradiciones que admira usaban plantas. Que su posición de principio tiene un agujero histórico del tamaño de un continente. El entusiasta no ve que la intensidad no es profundidad. Que volver una y otra vez a la misma puerta sin moverse de sitio no es un camino. Es una costumbre.

Ninguno tiene el mapa completo. Eso no es un problema si se reconoce. Se convierte en problema cuando cada uno actúa como si lo tuviera.

Sección 3 — El que vuelve siempre

Hay un perfil que aparece con suficiente frecuencia como para que no sea anecdótico. Alguien que tuvo una experiencia con plantas que genuinamente le cambió algo. Que vio, sintió o entendió cosas que antes no estaban ahí. Y que desde entonces busca volver. No como parte de un trabajo. Como destino.

No es adicción en el sentido clásico. No hay síndrome de abstinencia, no hay deterioro físico evidente, no hay el tipo de dependencia que reconocemos fácilmente. Es algo más sutil y por eso más difícil de ver desde dentro. Es la dependencia del estado.

Lo que engancha no es la sustancia. Es lo que la sustancia abre. La sensación de que allí todo tiene sentido, de que hay algo más grande y que por un momento puedes tocarlo. Comparado con eso, lo ordinario pierde peso. El trabajo lento, la vida con sus fricciones, el proceso sin garantías de resultado visible. La planta ofrece intensidad inmediata. Y la intensidad, cuando la has probado, hace que todo lo demás parezca gris.

El problema no es la experiencia. El problema es lo que se hace con ella cuando termina.

Una herramienta sirve para algo. Cuando terminas de usarla, la dejas. El destino es diferente: es el lugar al que quieres volver, no el medio para llegar a otro sitio. Cuando la planta se convierte en destino, el ciclo se cierra sobre sí mismo. Se va, se tiene la experiencia, se vuelve. Y se espera la próxima vez. El territorio que se abrió no se trabaja, se visita. Y las visitas, por muy intensas que sean, no construyen nada que se quede.

Hay algo que esto dice sobre el estado en sí. Si una experiencia genuinamente transforma, deja algo en quien la vive que no requiere repetición inmediata para sostenerse. No porque no se pueda volver, sino porque lo que se trajo de vuelta tiene vida propia. Cuando el único lugar donde algo tiene sentido es dentro de la experiencia, eso es una señal. No de que la experiencia sea falsa. De que algo no se integró. De que la puerta se abrió pero nadie entró de verdad.

Y hay algo que esto dice sobre quien lo busca. No como juicio. Como observación. El que vuelve siempre suele ser alguien que encontró en ese estado algo que no sabe cómo construir fuera de él. Paz, claridad, sensación de pertenencia a algo más grande. Cosas reales, cosas que importan. El problema no es querer eso. El problema es creer que la única forma de tenerlo es volver a buscarla allí.

Las tradiciones que usaban plantas lo sabían. Por eso no eran algo que se hacía cada fin de semana. Eran hitos en un camino más largo. La experiencia era intensa precisamente porque era escasa y preparada. Y lo que se traía de vuelta se trabajaba durante meses, a veces años, antes de volver a abrir esa puerta.

Sección 4 — El tránsito inhóspito

Hay un momento en ambos caminos que nadie anuncia bien. En el trabajo con plantas tiene un nombre coloquial que lo hace sonar a accidente: mal viaje. En la meditación profunda o el trabajo espiritual serio simplemente se dice que algo fue mal, que la sesión no salió, que no era el momento. En los dos casos se trata de esquivar lo mismo con distintas palabras.

Lo que nadie dice con claridad es que ese momento tiene un nombre más preciso.
Yo lo llamo el tránsito inhóspito : el estado donde te sientes nada y al mismo tiempo está todo bombardeándote. Y dentro de él hay algo todavía más difícil de describir. Yo lo llamo el vacío lleno, porque no he encontrado una forma más precisa de nombrarlo.

No es un accidente. No es un fallo del método. Es el trabajo.

Lo que aparece en ese estado no lo crea la experiencia. Estaba ahí antes. Cargado, acumulado, esperando las condiciones para salir. Y las condiciones son exactamente esas: el momento en que los filtros habituales se aflojan, sea porque una planta abrió la puerta o porque años de práctica fueron adelgazando la capa de ruido que normalmente lo tapa. Cuando eso ocurre, lo primero que suele aparecer es lo que más pesa. No por castigo. Por gravedad.

El que llama a eso mal viaje y hace todo lo posible para que no vuelva a ocurrir está rechazando exactamente lo que necesitaba ver. El que sale de una sesión difícil convencido de que algo falló está confundiendo incomodidad con error. El tránsito inhóspito no es la señal de que estás en el lugar equivocado. A veces es la señal de que por fin estás en el lugar correcto.

La sensación de vacío lleno tiene esa paradoja por algo. No es vacío porque no haya nada. Es vacío porque lo que hay no tiene la forma que reconoces, no se deja agarrar. Y al mismo tiempo está todo ahí, presente, real, insistente. Eso desorienta. Y la desorientación, cuando no se tiene un marco para entenderla, se interpreta como peligro.

Las tradiciones que trabajaban con plantas no preparaban a sus aprendices para evitar ese estado. Los preparaban para transitarlo. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas. Transitar no es aguantar. Es saber que el suelo vuelve, que el estado tiene una dirección aunque no se vea, y que lo que aparece en él, por muy incómodo que sea, tiene algo que decir si se le deja hablar.

Lo que se ha perdido en occidente, en ambos caminos, es exactamente eso: la comprensión de que el tránsito inhóspito no interrumpe el proceso. Es parte de él. Siempre lo fue.

Sección 5 — La ilusión de control

En los años sesenta, Leary y Metzner sistematizaron algo que desde entonces se repite como si fuera una verdad completa: el set y el setting. El estado mental con el que entras y el entorno físico en el que lo haces. Dos variables que con el tiempo se convirtieron en cuatro añadiendo guía y dosis. Y así quedó el marco occidental para entrar en territorio desconocido.

Es un avance real sobre no tener ningún marco. Nadie discute eso.

El problema es la sensación de competencia que crean esas cuatro variables en quien las maneja bien. Alguien que llega con la mente tranquila, en un entorno cuidado, con dosis calibrada y alguien de confianza al lado, siente que ha hecho los deberes. Y en cierto sentido los ha hecho. Pero hay una pregunta que ninguna de esas cuatro variables responde, y es la más importante: con quién estás hablando, y cómo relacionarte con ello.

Es como prepararse para una reunión eligiendo bien la ropa, llegando puntual y poniendo música de fondo. Todo correcto. Todo completamente insuficiente si nadie te avisó de que la sala ya estaba llena de gente con sus propios intereses, sus propias reglas y sus propias expectativas sobre cómo se entra.

Eso es exactamente lo que pasa. Y casi nadie lo dice.

La ciencia ha hecho un trabajo valioso sacando el tema del tabú. Pero al meterlo todo en el marco de la psicología y la neurociencia ha convertido lo que es un encuentro con algo externo en un viaje exclusivamente interior. Todo lo que aparece es tuyo. Todo lo que se mueve viene de dentro. Es una interpretación manejable. Y parcialmente cierta. Pero actuar como si fuera el mapa completo tiene consecuencias.

Los cuatro parámetros del set y el setting son la ropa adecuada para entrar. Necesaria. Pero no te dicen nada sobre el territorio, sobre quién lo habita ni sobre cómo moverte en él. Para eso hace falta otro tipo de preparación. El tipo que occidente lleva décadas ignorando porque no cabe en un paper académico ni en un retiro de fin de semana.

Sección 6 — Estás entrando en casa de alguien

Antes de que occidente descubriera los enteógenos, antes de que la contracultura los convirtiera en símbolo de liberación y la ciencia en objeto de estudio, había culturas que llevaban milenios trabajando con estas plantas. No como experimento. No como terapia. No como expansión de la conciencia en el sentido en que usamos esa frase hoy.

Como método para entrar en contacto con un mundo que existe en paralelo al ordinario, que tiene sus propias reglas, y que está habitado.

Eso es lo que sabían. Y es lo primero que se perdió en la traducción.

Cuando la experiencia psicodélica llegó a occidente, llegó sin ese contexto. O más exactamente: llegó con otro contexto ya puesto, el de la psicología, la neurociencia y la búsqueda de sentido individual. Y ese contexto lo reinterpretó todo. Lo que aparecía en la experiencia dejó de ser algo externo con lo que relacionarse y pasó a ser contenido interno que procesar. Las presencias se convirtieron en arquetipos. Los encuentros se convirtieron en proyecciones. El territorio se convirtió en metáfora.

Es una interpretación. No es la única posible. Y hay razones serias para pensar que no es la más completa.

Terence McKenna lo vio. En un taller en Esalen en 1994 dijo algo que quedó enterrado bajo capas de mitología visionaria: cuando tienes una sustancia que te transporta a un espacio habitado, incluso la explicación más simple va a ser bastante barroca. Lo sabía. Sabía que allí había algo que no se reducía a psicología. Pero fue empaquetado como poeta y visionario, y así fue fácil no tomárselo en serio en lo que importaba.

Albert Hofmann, el químico que sintetizó el LSD, escribió algo que occidente lleva décadas sin leer del todo: el espacio interior del alma es igual de infinito y enigmático que el espacio cósmico exterior, y ambos viajes exigen una buena preparación. Lo dijo en 1980. No hablaba de set y setting. Hablaba de algo más parecido a lo que cualquier explorador serio sabe antes de entrar en territorio desconocido: que el territorio tiene sus propias condiciones, independientemente de lo que tú lleves puesto por dentro.

Los chamanes y hombres de conocimiento que trabajaban con estas plantas no preparaban a sus aprendices para tener experiencias bonitas ni para resolver traumas. Los preparaban para saber dónde estaban cuando la puerta se abría. Para conocer el territorio. Para saber cómo presentarse, cómo moverse, con quién estaban hablando y cómo relacionarse con ello sin perder el hilo de vuelta.

Eso no es poesía. Es protocolo.

En occidente se entra sin llamar. Sin presentarse. Sin saber que la sala tiene otros ocupantes y que esos ocupantes no están ahí por accidente ni carecen de intereses propios. Se entra convencido de que todo lo que pase es tuyo, viene de ti, habla de ti.

Lo que hay al otro lado no es un decorado. No es el escenario pasivo de tu experiencia interior. Hay presencias con lógica propia, con intenciones que no giran alrededor de ti, con una voluntad que existía mucho antes de que tú abrieras esa puerta y seguirá existiendo cuando la cierres. No son predecibles bajo nuestros términos porque no operan bajo nuestros términos. Nunca lo hicieron.

Y aunque pudieras saber dónde estás, quedaría el problema más grande: entender lo que te están diciendo.

Ese mundo no habla nuestro idioma. No funciona con la lógica lineal a la que estamos acostumbrados, no sigue causa y efecto, no argumenta, no explica. Se comunica con visión, con símbolo, con sensación. Con el idioma que han hablado siempre los seres del mundo del espíritu, que es anterior a cualquier lengua humana y no necesita serlo. Es un idioma que se siente antes de que la mente tenga tiempo de opinar.

El problema es que la mente siempre llega. Y cuando llega, traduce. Coge lo que vio, lo que sintió, lo que rozó, y lo pasa por el filtro de todo lo que ya sabe. Lo convierte en concepto, en narrativa, en algo manejable. Y en ese momento, sin darse cuenta, lo falsifica.

No por mala fe. Por costumbre.

Los hombres de conocimiento, los chamanes, las personas que realmente habitan ese territorio con respeto y familiaridad, lo primero que aprendían no era a entrar. Era a escuchar sin interpretar. A recibir sin traducir de inmediato. A dejar que el símbolo fuera símbolo antes de convertirlo en idea. Eso es una disciplina. Una de las más difíciles que existen, precisamente porque va en contra de todo lo que el mundo moderno entrena.

Y es exactamente lo que nadie te enseña en un retiro de fin de semana.

La experiencia más común cuando se ignora todo esto no es el horror. Es algo más parecido al ruido. Experiencias intensas que no terminan de aterrizar, revelaciones que se evaporan, la sensación persistente de que algo importante estuvo a punto de ocurrir pero no del todo. El territorio se visitó pero no se navegó. La puerta se abrió pero nadie sabía qué hacer una vez al otro lado.

Eso es lo que se ha perdido. No el acceso a la experiencia. El conocimiento de dónde estás cuando la tienes.

Sección 7 — Cierre

Si vienes del lado del trabajo espiritual sin sustancias, es probable que algo de lo que hay aquí haya confirmado algunas de tus reservas y desafiado otras. Bien. No hace falta que las plantas sean tu camino para entender lo que hacen.

Si vienes del lado de las plantas, es posible que la idea de que se entra en territorio ajeno sin el mapa adecuado haya rozado algo incómodo. También bien. La incomodidad que vale algo tiene exactamente esa textura.

Lo que los dos caminos comparten, cuando se recorren con seriedad, es bastante más de lo que cualquiera de los dos bandos suele admitir. Y lo que a ambos les falta se parece más de lo que parece: conocimiento del territorio al que se accede, y la honestidad de reconocer que ese territorio es más grande que el mapa que cada uno lleva.

No hay conclusión limpia porque no la hay en el tema.

Lo que sí hay es esto: durante milenios, las culturas que trabajaban con estas plantas sabían que lo primero no era la experiencia. Era saber dónde estabas cuando la puerta se abría. Eso se perdió en la traducción. Y lo que se perdió no es un detalle menor. Es exactamente lo que más falta hace recuperar.

¿Qué es lo que no sabías que no sabías antes de leer esto?

Esa es la pregunta que el territorio, cuando se entra en él con seriedad, siempre termina haciendo.