Grimorio antiguo cerrado con cerrojo de latón sobre una mesa, y al fondo una puerta abierta a un valle iluminado

La magia y la trampa de los grimorios

El libro no es la magia. Es solo una puerta, y hay muchas.

La navaja suiza que lo promete todo

El grimorio se ha convertido en la navaja suiza de la magia moderna. ¿Amor? Página tal, sello cual. ¿Dinero? Hay un espíritu para eso, con su firma y su hora planetaria. ¿Un vecino con una racha repentina de mala suerte? También. Abres el libro, buscas el apartado, ejecutas las instrucciones y a esperar resultados, como quien mete una cápsula en la cafetera.

Casi todo el que se acerca a esto termina mirando hacia los grimorios como si fueran la fuente de la que mana la cosa. Y una parte importante se queda ahí a vivir, sobre todo en lo salomónico, que para mucha gente es prácticamente un sinónimo de «magia seria». Grimorio y Salomón van tan pegados que cuesta separarlos.

La palabra grimorio, por cierto, se le cuelga hoy a casi cualquier cosa con tapas y símbolos raros. En sentido estricto es un libro de magia: una colección de hechizos, de preparaciones de herramientas, de listas de correspondencias, de conjuraciones para tratar con espíritus. A veces es poco más que un cuaderno de recortes, y a veces contiene un sistema entero, con sus pautas, sus tiempos y su forma de trabajo cerrada. No todo documento mágico entra en la misma caja. Los papiros mágicos griegos, por ejemplo, son una colección desordenada de fórmulas y procedimientos acumulados, sin un método único que cumplir. El grimorio tiende a presentarse con otro aire, el de manual que sabe lo que hace.

Y como casi todo libro, lleva impreso el mundo de quien lo escribió.

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El mundo partido en dos

El grueso del canon occidental, el de corte salomónico, se escribió desde una idea muy concreta de cómo está ordenado el cosmos. Arriba, lo que el sistema abraza como divino, y ahí coloca a los ángeles y a cierta clase de espíritus. Fuera de ese círculo, todo lo demás, que pasa a ser o bien peligroso o bien algo a lo que hay que obligar a obedecer. El mago opera dentro de su círculo, a la defensiva, declarando a cada paso una autoridad superior en cuyo nombre somete al resto. Es una manera de ordenar el mundo, una entre varias, no el mundo mismo.

Y aquí conviene que diga desde dónde miro, porque parto de una idea concreta de lo divino: la fuerza que está detrás de absolutamente todo, la que le da cohesión. Cada tradición la nombra a su manera y se inventa sus propias formas de tratar con ella y con las fuerzas que reconoce. En lo chamánico la llaman el espíritu, otros le ponen otros nombres, y ninguno va descaminado. Trabajar con una entidad concreta es perfectamente legítimo, igual que puedes conocerte tu barrio al dedillo y moverte por él con los ojos cerrados. La cosa cambia cuando sales de ahí convencido de que tu barrio es el mapa entero del planeta. Conocer bien una parte no equivale a haberte asomado al todo, y confundir las dos cosas es justo donde el sistema deja de ser herramienta y se convierte en una valla.

El lío llega cuando esa fuerza deja de ser fuerza y pasa a ser un señor con nombre, cara y lista de enemigos. Porque si todo es esa misma fuerza, lo del enemigo no cuadra. ¿Cómo va a tener un rival algo que ya lo contiene todo, incluido el supuesto rival? El enemigo no estaba en el cosmos. Aparece en el momento en que le pones nombre a lo ilimitado y lo recortas a tu talla. Una cosa es la totalidad, y otra muy distinta la forma y los límites con que cada tradición la dibuja. Lo curioso es que, mientras se habla de la totalidad, casi nadie discute. La pelea empieza en cuanto cada uno saca su etiqueta para ella. Y cuando trabajas desde un sistema post-abrahámico, que arranca de un Dios con su lista de rivales ya impresa, cabe preguntarse con quién tratas en realidad: ¿con eso que lo sostiene todo, que no puede tener enemigos porque todo es ella, enemigos incluidos, o con la etiqueta que alguien le colgó encima, con rencores y todo? De cómo se trazó esa raya, y de a quién le convenía, ya me ocupé en otro artículo, así que no me repito.

Y que quede claro, porque es el corazón de todo esto: no estoy cargando contra lo salomónico. Sale aquí porque es el tronco grueso de los grimorios, no porque le tenga ninguna manía. El problema nunca fue el sistema, sino lo que ocurre cuando alguien coge uno, el que sea, y lo convierte en la medida de todo. Cuando deja de ser una herramienta para mirar y se vuelve la única ventana. A partir de ahí, lo que encaja en el marco existe, y lo que no encaja se vuelve peligroso, falso o invisible. Da igual que el libro sea salomónico, islámico o japonés. Da igual, de hecho, que sea un libro de magia. Es el mismo gesto del que te saca la Biblia cada cinco minutos para explicarte cualquier cosa, como si no se hubiera escrito nada más. El libro no tiene la culpa. La tiene la lente.

Ni siquiera todos los grimorios parten el mundo de la misma manera. El Picatrix viene de otra raíz, más astral, y juega con otras reglas. Lo cual redondea el asunto: si dentro de la propia familia de los grimorios ya conviven cosmovisiones distintas, tomar una sola como el mapa definitivo de la realidad es, como poco, ingenuo.

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La trampa tiene dos caras

Que un sistema nazca a la defensiva no lo invalida. El grimorio funciona, y funciona bien dentro de lo suyo. El problema no está en el libro, sino en lo que la gente hace con él, y ahí la trampa se presenta de dos maneras distintas.

La primera es la del principiante. Llega alguien con ilusión, consigue su grimorio, y se pone a recitar. Hace el círculo, enciende lo que haya que encender, pronuncia los nombres impronunciables con acento de instituto, y repite. A veces saca algún resultado, lo justo para engancharse. Muchas otras veces no saca nada, y entonces decide que la magia es un cuento o que él no sirve. Lo que no se le pasa por la cabeza es que está manejando una navaja suiza con todas las hojas cerradas, convencido de que basta con tenerla en el bolsillo.

La segunda le pasa a gente que sabe, y por eso es más interesante. El practicante serio, moderno, que domina la técnica, que ha estudiado, que ejecuta impecable. Con los años se mete tanto en el sistema que deja de verlo como un sistema. Y empieza a creer, sin decirlo del todo en voz alta, que el grimorio es la magia, que fuera de esas páginas no hay nada que merezca respeto. Aquí la trampa ya no es torpeza. Es dogma, y viene disfrazado de rigor, que es el mejor disfraz que existe.

Hay un punto técnico que enseña bien adónde lleva esto, y Agripa ya lo tenía claro hace quinientos años. Cada fuerza tiene su jurisdicción. Si el asunto es de Marte, se habla con lo marcial, no con Júpiter, por muy grande que sea Júpiter, porque Júpiter no manda en el territorio de Marte. Y estos errores de dirección se cometen más de lo que parece. Usar la herramienta de un sistema para un objetivo que pertenece a otro se parece a llamar al fontanero para que te saque una muela. Puede que venga, puede que haga algo, pero esa no es su cañería. Y a veces la cosa no se queda en que no funcione, sino que sale directamente mal.

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Entonces, ¿qué es la magia?

Si el grimorio es solo una puerta, la pregunta cae por su propio peso: qué hay detrás. Y la respuesta incomoda a quien venía a por una receta, porque la magia no cabe en un índice.

La magia es trato con las fuerzas. Relación. Oficio. Es algo que se hace, no algo que se recita, y depende mucho más de en qué estado llegas tú que de qué párrafo lees. Un mago con oficio ha construido vínculos, conoce de una en una a las entidades con las que trabaja, distingue cuándo lo que le llega es fiable y cuándo le están tomando el pelo. Eso no se descarga. Se cultiva, y lleva años.

Lo interesante es la cantidad de caminos que llevan al mismo sitio. He visto hacer magia con un cordón de zapato. Con una vela y nada más. Con lo que había encima de la mesa en ese momento. Y funcionaba, porque detrás había alguien que ya tenía sus acuerdos hechos y su relación establecida con aquello a lo que llamaba. La hechicería tradicional funciona así. El chamanismo, cuyas formas vienen de mucho antes y de otra raíz, también. Y los mismos papiros griegos, esa acumulación de recetas que tanta gente venera como si fuera un sistema cerrado. Existe magia potentísima que jamás pasó por un círculo ni por un nombre hebreo.

Y todo eso se apoya en algo que el grimorio presupone y nunca detalla: la preparación del que opera. Pregúntate cómo vas a mandar sobre diez espíritus si todavía no has aprendido a sentarte con uno. El estado interior que hace falta para sostener el caudal de energía que pides en una evocación de verdad no se improvisa el primer día, igual que no entras en un gimnasio y levantas doscientos kilos porque viste el vídeo. Franz Bardon, que de laxo no tenía nada, montó su entrenamiento en diez pasos, y en su método no se evoca a nadie hasta tener dominados al menos los ocho primeros, con concentración, respiración y equilibrio interior incluidos, so pena de hacerte daño de verdad. El más sistemático de todos ponía ocho peldaños antes del primer espíritu. Por algo sería.

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El grimorio es una puerta, no la casa

Ya que hemos entrado por el libro, salgamos también por él, pero mirándolo con otros ojos.

El grimorio es útil. Te da un marco, y un marco bien usado da enfoque, te permite concentrar en un punto todo el poder que has ido reuniendo con los años. Yo trabajo con ellos y no pienso soltarlos. Lo que no son es el final del camino, ni mucho menos el camino entero. Para mucha gente son una buena puerta de entrada, aunque ni siquiera la única. El error está en quedarse a vivir en el recibidor convencido de que eso es toda la casa, y encima defenderlo, porque como lo pone en el libro, pues lo pone en el libro. La misma cerrazón del que ha leído un solo libro y está convencido de haberlos leído todos.

Cuestiónalo. Pregúntate por qué se hace así, y presta atención especial a los puntos donde la respuesta se queda coja, donde la costumbre se volvió norma sin que nadie la revisara, o donde un gesto que una vez tuvo sentido acabó convertido en dogma. La magia es muchísimo más ancha que cualquier colección de sellos y conjuraciones. El grimorio abre una puerta, y vale mucho la pena cruzarla. Pero detrás hay una casa enorme, con muchas más habitaciones, y algunas de sus puertas ni siquiera necesitan llave.

Esto es una conclusión personal, de bastantes años de trato con el chamanismo, la magia y todo lo que los rodea. No es un capricho ni una ocurrencia de ducha: es el punto donde coinciden mi experiencia y el trabajo de otros magos y de gente que se ha dejado los ojos investigando estas cosas. No he llenado el texto de citas porque no quería un ladrillo, pero nada de lo que digo está puesto al aire.

Gaby López Andueza

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